DIARIO DE OTRA REALIDAD - Orujo de miel - Parte 1
ORUJO DE MIEL
PARTE 1
- Otro White Label con Cola por favor…
Con disimulada expresión de desconcierto, la camarera fue en busca del whisky, el refresco y un vaso largo con hielo.
- A este ritmo no vas a llegar al comienzo de la noche… - Dijo mientras me servía el whisky.
- Para observar y anotar, no es un grave impedimento. Cóbrate mis 5 copas, no quiero pasar la vergüenza de olvidarme de pagar.
Miré la hora en mi iPhone, parpadeé varias veces, la vista se me nublaba. Las cinco de la tarde,cinco copas… interesante, aún es temprano. Miré mis notas en la agenda del iPhone para repasar un poco mis planes y esconder mis ojos ensoñiscados. Las letras se mezclaban unas con otras, parecía que lo hiciesen a posta para reírse de mí, saltando unas por encima de otras, mareándose entre ellas como cubos para adivinar en cual se escondía el premio. Aún así, mi impaciencia no se alteraba. Pero las letras sabían cómo tocarme la fibra en cuanto quisieran, y dieron paso a formar palabras obscenas y sexuales como: “Móntame”, “sigue más fuerte”, “me voy a correr”, entre otras peores. Se lo estaban pasando en grande viéndome sufrir. Aparté los ojos de la pantalla, y miré hacia una de las mesas del bar. La primera que me dijo el instinto. En ella, una pareja de novios practicaban sexo como si del fin del mundo se tratase. La chica morena y atractiva, a cuatro patas sobre la mesa, y el chico a los pies de la mesa, empujando y tirando con fuerza del carro. – “Abrase visto… No puede ser lo que ven mis ojos” – Pensé con sangre fría. Aparté la vista hacia otra mesa, dos chicos y dos chicas jugaban al póker con las prendas de ropa. La partida en cualquier momento terminaría en cuarteto, pues ya estaban los cuatro completamente desnudos y poco más podían apostar. – “Tranquilo, son efectos del alcohol, tú no eres un demente sexual…”. Cogí mi paquete de condones, saqué y encendí un cigarro. Volví a concentrarme en el iPhone. Una película porno con una mujer botando y gritando como alma que lleva el diablo se estaba visualizando en el reproductor. - “Qué hace esto aquí…” – Intrigado tras la sorpresa.
Me incorporé del taburete, miré mi copa aún a mitad, pensando en terminarla o no antes de irme, la camarera se me acercó lentamente, y me extendió un preservativo.
- ¡Era lo que me faltaba!… - Exclamé.
- ¿Cómo dices? Es su cambio, no puedo aceptar propinas. – Respondió desconcertada por mi comentario.
- Me alegro, menos mal – Extendí la mano, cogí el billete de 5 euros doblado por la mitad, dejé la copa como estaba, y me fui al piso.
Llegué al portón de mi piso alquilado para un mes de vacaciones. Mejor dicho para tener un sitio en el que plasmar ideas para mi primer libro que quería publicar. Desconectando de la rutina y de mi ciudad. Por lo que lo de vacaciones era solo un pretexto. Mi piso está en una zona céntrica en la capital de Murcia, todo lo que necesite lo tendré cerca y no echaré de menos mi coche.
Tardé en localizar la llave en mi bolso de viaje, en él llevaba además, un bloc para anotar ideas que surgieran, un par de bolígrafos, mi cámara de fotos Olympus, el tabaco y el encendedor. Abrí la puerta, vacié mi correspondiente buzón lleno de propaganda basura que se había acumulado con el paso de los meses sin propietario. Llamé al ascensor y esperé. La puerta del portón de entrada se abrió, y entró una joven mujer, no tendría aún los treinta años de edad, con gafas de sol y un vestido de verano que dejaba fácilmente entrever el cuerpo que más de un hombre hubiese deseado llevarse a la cama. Me saludó educadamente, yo hice lo mismo, y esperó junto a mí a que llegara el ascensor. Silencio absoluto mientras esperábamos. Yo procurando mantenerme tieso para no tambalearme, ella rebuscando algo en su bolso, me imagino que aparentando no dar con las llaves, las mujeres no suelen tener listas las llaves de casa delante de desconocidos. Sacó la funda de las gafas y las guardó. Por fin se abrieron las puertas del ascensor, un espejo al fondo, mostrando un plano de un tipo con cara de borracho y una bella señorita a la cual pude verle sus ojos color miel que hasta entonces estaban ocultos por sus gafas de sol. Realmente únicos, me intimidaron y aparté rápidamente la vista del espejo para cederle el paso.
- Gracias… ¿A qué piso va? – Dijo con el dedo preparado en el moderno panel de números.
- Al quinto – Respondí con voz de buenos días.
Pulsó únicamente el número cinco. Lo cual me dio a pensar dos cosas: Ella también iba al mismo piso. O se esperaría a que desapareciese para que no supiera en qué planta hospedaba. Dadas las circunstancias en las que me encontraba era comprensible. Bajé la cabeza mirando al suelo, el suelo era interesante. De reojo la observé, y pude apreciar que se trataba de una mujer comprometida por el anillo de matrimonio que llevaba, entre otros. Mejor, una preocupación menos. Tras unos segundos, ella me preguntó:
- ¿Eres el nuevo inquilino?
- Si… ¿Cómo lo sabías? – Respondí por fin con voz más propia de mí.
- Soy amiga de la dueña del piso, el otro día me comentó que hoy vendrían a ocuparlo. Como no te visto antes por aquí, por eso te lo he preguntado.
- Si bueno, solo estaré un mes, he venido por motivos de trabajo, soy escritor.
- Vaya qué interesante, a mi me encanta leer. ¿Qué escribes?
- Estoy trabajando en mi primer libro con el propósito de publicarlo, si logro quedar satisfecho con el resultado.
- Bueno pues espero que tengas suerte – Concluyó.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Esta vez salí yo primero, le sonreí a modo de despedida, me fui a mi puerta con las llaves preparadas mientras el ascensor se cerraba a mis espaldas.
- Por cierto, soy tu vecina. Vivo en la puerta continua a la tuya. – Dijo mientras sacaba sus llaves del bolso. – Cualquier cosa que necesites pues ya sabes.
Me sobresalté un poco, pues estaba convencido de haber escuchado cerrarse el ascensor y no sentir su presencia todavía:
- Ah bien… es bueno saberlo, gracias… Lo mismo digo. Ah bueno, me llamo Sergio.
- Judith – Sonrió y cerró la puerta suavemente.
Abrí la puerta, y arrepentido me acordé de la casa que se alquilaba al lado del vertedero.
Vivir solo en Murcia, tiene algo que me trastorna la cabeza...