DIARIO DE OTRA REALIDAD - Cordura peligra - Parte 8
CORDURA PELIGRA
Parte 8
Desperté con el aire frío penetrando por la ventana de la habitación, abierta de par en par. Es la segunda vez que encuentro la ventana de esta manera. Volví a dormir sin quitarme la ropa. Me dolía la cabeza, otra vez tenía resaca. Pero no tan fuerte como la anterior. Pasé por el salón. Sergito seguía allí como de costumbre viendo la tele. La tele estaba encendida. “Ventana abierta, ropa puesta, televisor encendido. Ya van dos noches seguidas. No entiendo nada”. La erección no me preocupaba, eso siempre me pasaba cada mañana al despertarme. Pero el no recordar cómo demonios acabo durmiendo con la ropa puesta y con las ventanas abiertas invitando a que todo el mundo contemple mi intimidad, empezaba a darme motivos para pensar en qué estaba pasando. Y por no decir del televisor.
Le di los buenos días, aún sabiendo que no me iba a contestar. Pero me ayudaba a sentirme acompañado. Me acordé del ángel, y tuve el impulso de escribirlo antes de que se me fuesen olvidando los detalles.
Agarré el portátil y lo instalé en la barra americana. Me apetecía escribir mientras desayunaba un batido de chocolate con unos bizcochos. Cada vez que veo bizcochos, me acuerdo de que, si alguna vez me pudiese permitir tener un perro, y particularmente de la raza Basset Hound, lo llamaría “Bizcocho”. En cuanto se cargó el sistema operativo, abrí el Word y comencé a teclear despacio, a ritmo mientras masticaba cada trozo de bizcocho. Pensando en qué poner. Qué describir. Saqué un cigarrillo de la caja de condones. Miré de reojo a Sergito y suspiré para mis adentros. “En cuanto lo encienda me mirará”. Ese instante, en el momento que ladea la cabeza, se hace tan tenso que llegaba a hervirme la sangre. Porque me hacía volver a recordar a mi ex pareja. No me alarmaría si alguien me dijera que tengo un trauma con este tema. Porque le daría la razón. La presión durante cuatro años, ya que el quinto logré dejarlo. Las promesas, los discursos, las mentiras, la imagen, la privacidad, la molestia, la incomodidad y hasta el chantaje emocional. Fueron algunas cosas que me iban machacando durante todo ese período de tiempo. Tal vez yo le daba más importancia de la que tenía, pero no podía vivir si no hacía nada al respecto. Era como provocarme una ansiedad al mencionarse el tema. Porque se me inyectó tanto, una y otra vez, con tal preocupación, que al final de alguna manera, me hizo entender que la relación pendía de mí en dejar definitivamente de fumar. Al final acababa dándome asco a mí mismo. Porque tras fracasar continuamente en cada intento, ya llegaba un momento que me daba vergüenza volver a casa con otro suspenso bajo el brazo. Y tuve que recurrir a la mentira y fumar a escondidas. Eso es peor que escuchar el “¿cuándo lo vas a dejar?” Si le dices que pronto, ya te estás comprometiendo a algo que no quieres hacer porque no estás preparado. Si le dices que no lo sabes u otra respuesta con aire negativo sermón y posible pelea-disgusto-decepción por la otra parte mientras que a ti te come el sentirte fracasado, pero más importante, el dejar de quererte a ti mismo.
De todo eso me acordaba cuando miraba los ojos tan indiferentes pero con tanto mensaje de Sergito. Era como extraer de la relación todas las experiencias, situaciones, peleas, quebraderos de cabeza y todo lo que provocó el tabaco, e introducírselo en su cerebro para que fuese el único recuerdo que tuviese de una relación que se había terminado hace un año. Llamaron a la puerta, apagué el cigarrillo que ya estaba en las últimas antes de ir a mirar quien era. Sergito volvió a ladear la cabeza para mirar al televisor:
- ¡Buenos días vecino! Te traigo tu bolso de viaje. Se quedó en la barbacoa.
- Pero tu… - Balbuceé.
- ¡Menudo pelotazo que cogiste! Por poco te tuvimos que llevar a urgencias.
- Anastasio ¿dónde has estado después de la barbacoa? – Dije por fin. – Tu mujer estaba muy preocupada.
- ¿Pero qué dices? Si hemos estado juntos todo el fin de semana. Yo no me ido a ninguna parte.
- No puede ser. Ella vino ayer a decirme que…
- Es imposible Sergio. Ayer estuvimos todo el día juntos mi mujer y yo con los preparativos y organizando la barbacoa. – Interrumpió.
- Pero si la barbacoa fue hace dos días… - Me estaba desconcertando.
- ¿Todavía te perdura el alcohol? – Dijo a la vez que se reía. – Te conviene seguir descansando hasta que te recuperes.
- Si… será lo mejor – Dije para no seguir haciendo el ridículo. – Gracias por el bolso. Si en algo puedo compensar o ayudar, ya sabes.
- Gracias, pero por ahora no te preocupes. ¡Descansa que es lo que necesitas!
Cerré la puerta. Estaba cada vez más confuso por todo. No había nada con sentido desde que llegué al piso. Experiencias inexplicables. Miré el bolso, y lo abrí. Solo llevaba el bloc de notas y un bolígrafo. También encontré un papel doblado por la mitad. No era una hoja de mi bloc de notas. Lo desdoblé para saber si llevaba algo escrito.
La cordura tiene una paciencia limitada. Después llega la locura y con ella el descontrol...