DIARIO DE OTRA REALIDAD - Entre el ojo y la pared - Parte 14
ENTRE EL OJO Y LA PARED
Parte 14
No volví a llevarme un cigarrillo a la boca en toda la noche. Vacié la caja de preservativos, mojé y partí bajo el grifo del fregador todos los cigarrillos. Exterminé cada cigarrillo, uno a uno, sin posibilidad de hacer malabarismos para recuperar esas hojas envenenadas. Recordar a Sergito llorando lágrimas de sangre me había producido un gran impacto. Creí que si dejaba de fumar de una vez, su presencia desaparecería para siempre. No tenía otra explicación. Era el tabaco quien estaba ocasionando que poco a poco la situación fuese a más. Si había llegado hasta el punto de asustarme de esa manera, tan macabra como en las películas de miedo. No iba a permitir que se presentase la oportunidad de comprobar qué sería lo siguiente.
No pude cenar, no tenía apetito. Encendí el portátil, abrí el gestor de correo electrónico y redacté un mensaje para enviarlo a la dirección de correo que venía escrita en el papel. Tal como solicitaba. Seguí las instrucciones.
A los cinco minutos, llegó el mensaje de confirmación de lectura de mi destinatario. Me eché a llorar de la impotencia, no sabía qué hacer. Me hallaba entre la espada y la pared.
Alguien me estaba chantajeando.
Me fui a la cama. Estaba exhausto emocionalmente.
Mañana buscaré trabajo.
Volví a mirar el correo antes de salir de casa. Ningún mensaje nuevo. Compré el periódico en el estanco de El Corte Inglés y me fui al Cónsul a desayunar. Mientras me preparaban las tostadas de tomate con aceite y el batido de chocolate, abrí el periódico y miré directamente las ofertas de empleo. Encontré una oferta interesante como redactor de un periódico. No facilitaba más información. Así que decidí llamar:
- Preguntaba por el anuncio del periódico.
- Es para colaborar en una sección como crítico respecto a los problemas de la sociedad que más están de actualidad. Desde un punto de vista personal pero con profesionalidad. – Me dijo la chica que había al otro lado del teléfono.
- Me interesa.
- Bien, mándenos su currículum, acompañado de una crítica de tema libre echa por usted al siguiente correo. La crítica no debe de ocupar más de un folio convencional, con la fuente a tamaño once. ¿De acuerdo? Si resulta seleccionado, le daremos más detalles del puesto.
- De acuerdo, muchas gracias. – Y colgué.
Seguí mirando ofertas, hasta que por fin la camarera trajo mi desayuno:
- Su tostada y su batido caballero. – Dijo la camarera.
- Gracias, muy amable.
Durante el desayuno, mi madre me llamó para ver qué tal estaba. Le mentí y le dije que todo iba bien. Pero no era así. Estaba metido en un buen lío. No podía pedirle más dinero o podría sospechar. Tenía que salir de ésta yo solo como fuese. Hablamos durante un rato, ella me contó que tal había pasado el fin de semana. Me notaba a mí mismo poco expresivo, traté de mostrarme más comunicativo, aunque la situación me tentara más a pegarme un tiro con un revólver, no del calibre veinte, del calibre treinta y ocho estaría mejor.
Volví a casa y lo primero que hice fue comprobar de nuevo el correo electrónico.
Nada. Suspiré aliviado, pero no sabía si eso sería mejor o peor.
Comencé a redactar un tema de actualidad para enviarlo como demostración al periódico. Elegí un tema sencillo. El tabaco. Podría tirarme horas y horas escribiendo. Lo difícil no iba a ser cómo empezar. Sino cómo procurar terminar cuando llegase al final de la primera hoja. Mencioné a los menores de edad con el consumo del tabaco, la enorme dependencia que crea el tabaco. Hablé también de los no fumadores, quienes miran a los fumadores por encima del hombro, como los seres más desgraciados y patéticos de la vida. Como si fuésemos peor que los violadores, los asesinos, y demás enfermos mentales. Que en parte, lo somos. Todo esto, y otros puntos, aliñados con un toque de humor negro en algunos pasajes para ampliar mi abanico de recursos como crítico.
Revisé mi currículum. Escribí un par de mentiras piadosas para favorecer las posibilidades al puesto. Cuando comprobé que todos los datos estaban correctos, lo envié a la dirección que me habían facilitado, acompañado de una carta de presentación.
- Podrías buscar tú también un empleo. – Le dije a Sergito. Quien desde que dejé de fumar no me había vuelto a mirar. Perfecto. ¡Pero qué mal lo estaba llevando! Lo había dejado por un arrebato de impotencia y perdición. Había decidido tomar ese camino, el mejor a decir verdad. Pero no estaba preparado. Lo típico que se suele decir.
Salí a dar un paseo. Comprobé que las estadísticas habían cambiado brutalmente. Todo el mundo se había puesto de acuerdo para fumar en el momento que yo había decidido dejarlo. No había persona con la que me cruzase que no llevara un cigarrillo en la boca o entre los dedos. El estómago me ardía del vacío que me producía el mono. Era como tragarse una cerilla encendida en ayunas. Notas el estómago vacío, pero sientes un calor que desprende y que te asfixia paulatinamente, y a mayor. Sobre todo cuando me acordaba de lo que hice anoche.
Volví a casa. Una ducha me vendría muy bien.
Salí como nuevo.
Llamaron a la puerta. Iba con la toalla alrededor de la cintura. Elevé la voz preguntando quien era. Escuché a Paula tras la puerta. Me sequé rápidamente y me puse el albornoz.
Abrí la puerta.
Paula se echó a llorar sobre mí. No tenía fuerzas ni para saludar.
“¡Jesús! ¡Mi casa se ha vuelto un lugar de visita al que todas vienen a llorar!”. – Acordándome también de Judith.
Dejé que Paula llorase todo lo que necesitara. Tenía un mal presentimiento. Tras cinco minutos que tardó en recobrarse, habló:
- Sergio. Ayer de madrugada… Me enviaron un correo electrónico. Quieren chantajearme… No sé quién es, ¡pero se enteró de lo que hicimos la otra noche!
- A mí también… Alguien pretende jugármela.
- ¿Qué dices? ¡No puede ser! ¡Tú no tienes ningún cargo de conciencia que asumir! ¡No tiene sentido! – Paula estaba desolada y confundida.
Cerré la puerta detrás de Paula.
- Quieren dinero a cambio de silencio. Si no logro reunir cinco mil euros en cinco dias, tu marido se enterará de que fui yo quien se acostó contigo.
Silencio…
- Estamos muertos… - Dijo Paula.
Miré a Sergito desde la entrada.
De nuevo le manaban lágrimas de sangre.
A la misma vez que también lloraba Paula.
Si todo el mundo fuese desnudo, ¿cómo sabrías quien es el traidor?