AYER ME DECLARÉ A UNA MUJER...
Ayer, me declaré a una mujer. A una mujer, que desde hace muchos meses, desde la primera vez que la miré, no he podido volver a dormir igual de bien. Y que conforme la he podido ir conociendo un poco como persona, me ha traspasado, de no poder dormir, ha volverme completamente loco.
Ayer, después de muchos días, logré un hueco entre sus planes y que aceptara una invitación para ir a cenar a un nuevo restaurante italiano, el cual conocí tras ir una noche a cenar con mi madre. Me quedé asombrado de cómo estaba decorado: del mobiliario, las paredes, los pequeños detalles, el calor tan acogedor que daba, el buen servicio, la calidad de la comida y el precio. Que me dije al salir: “Tengo que venir aquí con una mujer que me resulte especial, tengo que hacerlo”. No hablo de un restaurante de lujo ni nada por el estilo, pero a mí por lo menos, me dijo algo más que como excusa para ir a comer unas buenas pizzas.
Faltaban apenas un par de horas, los segundos parecían minutos, pero los minutos parecían segundos, en otras palabras, estaba deseoso para que la hora llegara, pero a la vez temblaba como un chihuahua porque cada vez quedaba menos tiempo. ¡Ponte Porretas y calla!
Hora de afeitarse y ducharse. “Mentalízate de que ya te ha visto mil veces, así que no te apures tanto en dejarte la perilla perfecta, porque ni lo va a notar y porque al final te quedas sin perilla después de 7 años... ¡Tira para la ducha y calla!”
Después de ducharme: el aftershave, la crema hidratante para la cara, el desodorante, la colonia, “recuerda, un solo “flú” o apestas”, los calzoncillos, los calcetines… Mientras oigo al otro lado de la habitación en el equipo de música: ¡En el wáter, se está bien!... “¡Venga canta! Siempre lo haces cada vez que te duchas, ¿qué te ha pasado esta vez? ¡Canta y así te relajas!... ¡Las uñas capullo, córtate las uñas! Joder, qué crío más despistao”.
Me fui al armario a romperme la cabeza en ver qué ropa me ponía, las perchas corrían de izquierda a derecha y viceversa, como un partido de tenis… “¡Muchacho! ¡Ponte arreglado pero sin salirte de lo que te gusta llevar!... ¡Esa!... Venga, con esos pantalones, vas divino de la muerte. ¡Joder qué cruz de crío!”...
Por fin salí a buscarla a su casa. Tras entrar en la calle donde reside, allí estaba ella esperando. El corazón se me aceleró, la sangre dejó de circular a mis piernas y me temblaban sobre los pedales, pero aún así los controlaba para no parecer una “foca” de verdad rodando.
Llevaba un abrigo por el frío que hacía en la calle. Estaba guapísima ya de verla tan arropadita. Ella me sonrió al verme. Paré y se subió a mi “foca”. ¡La primera vez que se sube en mi “foca”! Nos dimos dos besos y le pregunté si llevaba mucho tiempo esperando, y me dijo que no, que acababa de salir de su casa. Por el camino fuimos hablando y ya me relajé completamente.
Llegamos al restaurante, un joven camarero nos recibió y tras decirle que queríamos una mesa para cenar nosotros dos, nos señaló una mesa que había al lado de la puerta.
- ¿Puede ser aquella? Es por evitar el frío que entra al abrir la puerta – Le dije señalándole otra de más al fondo.
El camarero asintió con todo el gusto del mundo y nos llevó a una mesa más apartada, en un íntimo rincón. La ayudé a quitarse el abrigo y se lo colgué en el respaldo de su silla con cuidado de que no arrastrara. Después de invitarla para que se sentara, ocupé yo mi sitio. Ya la pude ver mejor y por poco me vuelven los nervios tras verla a conjuntada en negro. Elegante y a la vez misteriosa, pero contrastada con su simpatía y esa voz tan dulce y cariñosa. Ya tenía intención, pero solo por escucharla ya merecía la pena invitarla. Le dije desde lo más profundo que sentía lo guapa que estaba. Me dio las gracias tras mostrar una sonrisa.
El camarero vino con las cartas, y nos tomó nota de la bebida. Pedí una botella de un vino tinto acorde para la pasta. Gracias a mi madre, que es una entendida del vino, he aprendido algo y sé diferenciar entre uno bueno y uno malo, en saber los que no son de un precio elevado pero que nunca fallan por su amigable gusto que te deja en la lengua tras los primeros segundos de saborearlo. Si, lo reconozco, me gusta experimentar y evaluar vinos, pero el mejor siempre será el “Kalimotxo”.
Le pregunté si tenía mucha hambre y me dijo que sí. Por lo que le dije al camarero que trajera pan de ajo. Seguro que no habría visto un pan de ajo como el que nos iban a traer.
Al poco nos trajeron la botella de vino, y una cestilla con pan y sobrasada, ella se quedó un poco sorprendida, pues se esperaba otra cosa como pan de ajo. Yo me reí por dentro:
- Sergi, que no hemos pedido sobrasada…
- No te preocupes, si esto es invitación de la casa. ¡Come come! – Le animé.
Mientras nos comíamos el pan con sobrasada, mirábamos el menú para ver qué pedir. Yo le recomendé pizza, la que fuera, todas estaban buenas. Finalmente nos decantamos por dos pizzas. Ella ya ponía cara de que no iba a poder con todo, le dije que no se preocupara, que las pizzas eran de una masa tan fina que había que comérsela con los cubiertos o se destrozaban en la mano.
- El pan de ajo. – Dijo el camarero dejando el plato con una masa blanca y fina de pizza.
- Está muy bueno, ya verás.
La masa estaba caliente y se le habían formado pequeñas burbujas del calor, con un ligero aderezo de perejil y un suavísimo ligero sabor a ajo.
Continuamos hablando de todo un poco, compartiendo opiniones y puntos de vista de cualquier tema que surgiera. Las porciones de pan de ajo iban cayendo sin que nos diésemos cuenta y alguna risa de cachondeo por el efecto del vino ya empezaba a surgir. El calor iba aumentando conforme crecía el número de clientes. Teniendo que elevar un poco más la voz para poder escucharnos.
Las pizzas llegaron en apenas quince minutos tras pedirlas. Nos intercambiamos una porción de cada una para probar la del otro. Ambas estaban muy buenas. Pero un beso de ella estaría mejor.
El postre nos lo saltamos porque ya estábamos bien llenos y pasamos al café y a los cigarros.
- ¿Tienes pensado cuando lo vas a dejar? – Le digo con el cigarro en la mano.
- Pues no lo sé, pero tengo que hacerlo por mi salud. ¿Y tú qué?
- Yo lo dejaré cuando tú lo dejes.
- ¿Qué dices? ¿Y eso por qué?
- Porque así verás que es fácil dejar de fumar, y cuando te encuentres rodeada de fumadores no te sentirás tan mal porque hay alguien también lo está dejando a tu lado y te va a ayudar.
- Si tan fácil es ¿por qué no lo dejas ya?
- Porque primero tengo que quitarme el miedo a dejarlo, lo demás es pan comido.
El tema del tabaco me lo sé tan bien que ya no tengo ninguna duda del negro mundo psicológico que produce el tabaco, todos los “por qué” tienen su explicación, me conozco al enemigo como la palma de mi mano. Pero para empezar a destruirlo, soy un cobarde.
Ya llegaba el momento de pagar, le digo que voy a saludar a un amigo de la barra, me dice que ni se me ocurra pagar. Me saco la cartera y se la dejo sobre la mesa, para que se quedara tranquila. Me voy a la barra y saco con disimulo un billete de 50 € de uno de los bolsillos del pantalón y le pago al camarero.
No, mentira, no fue así, así me hubiera gustado a mí, pero sabiendo que en cualquier momento de la noche le iba a decir lo que sentía, no me parecía ético invitarla porque podría pensar que intentaba comprarla, podría sentirse mal en cuanto me dijera que no, que sabía que ella no iba a pensar igual, lo intuía, pero tenía que acabar con esta tortura que llevaba desde hace tantos meses. Por lo que finalmente pagamos la cena a medias.
Cogimos el coche y nos fuimos a un pub a tomarnos una copa, con música tranquila, luz suficiente para crear intimidad y con amplios y cómodos sofás.
Seguíamos hablando, lo estábamos pasando bien, la noche iba viento en popa y yo lo iba a joder, mientras ella me hablaba, yo me mordía las neuronas por buscar el momento, a veces desistía y pensé de intentarlo otro día. Pero por una vez en la vida, Sergio, hazlo. Que no tenga que venir tu conciencia a empujarte a hacerlo. Y que no lo haga el alcohol. Sé tú mismo. “No puedo, no puedo… ¡Joder qué calores!”
Ella me iba notando como distante y me preguntó si me pasaba algo. Le digo que no, y me disculpo. “A la mierda, me quedo tal cual”. Por unos minutos volví a ser yo de antes, y me quedé tranquilo.
Entonces apareció Sergito, mi conciencia, mi mayor pesadilla para tomar decisiones en mi lugar, y empezó a atacarme:
“Como en un tiempo aparezca otro y la conquiste, te vas a arrepentir de por vida”.
- “¡Calla coño!” – Le digo.
“¿Cuanto ya? ¿9 meses así?”…
- “Qué hijo de puta”
“Encima tonto, que hasta que no ve la cosa perdida por las malas, no mira a otra”
- “Que sí que sí, para ti el euro, pesado”. – Concluyo.
“Vaya manera de demostrar que quieres ser el hombre que la haga feliz, de demostrar que quieres dar respeto y cariño a una mujer, de lo que te mueres por compartir cosas con una mujer, ni de dar mimos, ni de escuchar, ni de ná de ná… ¿Y protegerla? ¿De qué? Si eres más cobarde por no tener valor para decírselo, qué poco te quieres, cobarde. Vas a ser así toda la vida, un cobarde con las mujeres”.
- Oye me gustas mucho… - La interrumpo sin saber qué coño me estaba diciendo.
- … ¿Qué has dicho? – Me dice perpleja.
De repente, me volví hacia una actitud más vulnerable, sin saber bien qué decir, sin saber bien cómo explicarme, sin estar seguro de mí mismo a la hora de hablar. Pero dijera lo que dijera lo tenía que decir.
- Perdona si te he interrumpido de repente, pero es que ya era algo que llevaba demasiado tiempo desde que me empecé a dar cuenta, y lo estoy pasando fatal desde entonces cada vez que me acuerdo de ti. Pero es que es inevitable. Me gustas mucho desde la primera vez que te vi y como persona eres encantadora pues… te lo puedo decir más alto pero no más claro. Que estoy enamorado de ti.
- Jolín Sergi… - Fue lo único que dijo.
- ¿Tú me puedes decir qué piensas de mí? – Le pregunté.
- Bueno… yo es que ahora mismo no pienso en esas cosas, la verdad, y aunque sé que eres muy buena persona, pues te veo más como un amigo.
“¡LO SABÍA! ¡SABÍA QUE LO IBA A DECIR!”
- Ya… Bueno bien, por lo menos lo sabes. Solo era eso…
No me encontraba mal, pero sí completamente cortado porque no sabía como retomar el ambiente de antes, es muy complicado la verdad, no es algo que sea fácil de decir ni fácil de acoger. Pero bueno. Al menos he mandado callar a mi conciencia, ¡Que ya iba siendo hora!
A la mañana siguiente…
Ayer…
Ayer soñé, que me declaraba a una mujer...
Si hasta en sueños me resulta demasiado complicado. Ni que decir ya en la realidad. Pero como los sueños no podemos controlarlos, porque son jugadas del subconsciente, acaban sucediendo toda clase de cosas que no nos podemos imaginar, o que seríamos incapaces de hacer en la realidad.
Así lo soñé ayer. ¿Qué pensábais, que ocurrió de verdad? Más quisiera yo...
¡Dios qué dolor señor!