DIARIO DE OTRA REALIDAD - Luz de esperanza - Parte 23
LUZ DE ESPERANZA
Parte 23
Estaba perdido, tan perdido que ni el cuerpo me respondió cuando escuché esas palabras. Cuando Judith me lo dijo, sentí como terminaban de rematarme. Sin tener fuerzas para moverme o gritar. Pensé que ya nada podía hacer. No llevaba ni la mitad de la primera copa, pero la cabeza ya me pesaba como si me hubiese tomado varias. Tuve que apoyarme la frente sobre mis dedos para que descansara. Mis ojos tampoco reaccionaban, su único punto de mira era aquella copa de Whitel Label con Cola. No era capaz de levantar los ojos a la altura de los de Judith. Me sentía en parte traicionado, pero sin razón. Y por otra parte me sentía idiota, por haber caído de una manera tan absurda en mi propia salida. En el estómago se me estaba creando un vacío, el mono llamaba. Pero no tenía ganas de encenderme un cigarrillo. Judith lo hizo por mí. Cuando no te apetece fumar, siempre aparece alguien que te empuja a hacerlo. Me acercó un cigarrillo, interrumpiéndome así de mis pensamientos. Y mientras me daba fuego, retomó la conversación:
- Siento mucho si no te lo había dicho, pero no me gusta decirlo, es por seguridad propia. El mundo es un pañuelo y cuando menos te lo esperas puede aparecer alguien con represalias hacia la policía. Por eso, cuanta menos gente lo sepa, mejor.
- Lo entiendo. - Respondí sin ganas.
- No quiero que me malinterpretes, pero no puedo implicarme en algo que va contra mi oficio, sería una falta que me conllevaría a la expulsión del cuerpo si se enteran que estoy cubriendo a un implicado. Me encantaría poder ayudarte, pero me tienes que dar una prueba de que hay alguien más en todo este follón.
Saqué un papel doblado de uno de los bolsillos internos de mi cazadora. Y sin decir nada, se lo acerqué a Judith:
- ¿Qué es? – Preguntó.
- El papel que me dejaron por debajo de la puerta.
“No te voy a decir quién soy. Sólo debes saber que sé lo que estuvisteis haciendo Paula y tú anoche en tu casa. Debería daros vergüenza. Habéis cometido un grave error y voy a hacer que lo paguéis muy caro. Pero tú me caes bien. Por eso te ofrezco la oportunidad de que esto quede en silencio a cambio de una cantidad de dinero. Cinco mil euros en un plazo de cinco días. No los tienes ¿verdad? Bueno, para que me creas cuando digo que me caes bien, te voy a ofrecer una alternativa, poniéndote a prueba con un juego. Sigue mis instrucciones:
Créate una cuenta de correo donde no muestre absolutamente ninguna clase de pista sobre tu vida ni identidad. Después escribirás un correo a Paula, (seguro que lo tendrás después de lo bien que es lo montasteis), y serás tú quien le digas lo mismo que te estoy diciendo yo, pero con una diferencia, a ella no le vas a pedir dinero. Le vas a pedir lo que te diré en mi próxima carta, que será a partir de ahora vía E-mail. Limítate por ahora a decirle que lo sabes todo, asústala.
Reenvíame el mensaje que le has escrito a Paula como prueba a la siguiente dirección de correo electrónico en cuanto leas esta carta.”
- ¿Esto cuando lo recibiste? – Preguntó Judith.
- Al día siguiente de cuando nos acostamos, por la tarde.
- ¿Y no miraste a ver si había alguien?
- Sí, pero no vi a nadie. Si hubiese sabido lo que tenía escrito, habría intentado rápidamente buscar por todas las plantas del edificio para pillar al responsable. Pero como no tenía ni idea de lo que ponía, resultaba ridículo en esos momentos.
Judith dobló con cuidado la carta y se la guardó en un bolsillo de su elegante abrigo de pana de color marrón claro:
- Si no te importa, me quedaré la carta. Tal vez pueda hacer algo con ella.
- Bueno, lo que tú veas mejor. Yo ya no tengo fuerzas para nada, aceptaré lo que me toque. A estas alturas ya nada me importa.
No tenía fuerzas ni para depositar confianza en nadie. Ni siquiera confiaba que Judith era policía. Pero no tenía ni ganas de comprobarlo. Empezaba a asumir que me tocaría estar un buen tiempo entre rejas.
- No digas eso, veremos a ver lo que puedo hacer. Pero si la policía descubre alguna prueba determinante sobre ti, no esperes que intervenga. Por eso tenemos poco tiempo. Me tienes que facilitar todos los correos que hayas recibido con la dirección que refleja en esta carta. – Me pidió Judith.
Saqué otro papel doblado del otro bolsillo interno de mi cazadora. Y se lo di en mano:
- Éste es el único, lo he imprimido antes de quedar contigo.
- Has venido preparado. – Bromeó Judith sin pretender que sonara gracioso.
- Sí, dije que tenía que contárselo todo a alguien, así que tenía que traerlo todo. En la copia no figura el correo, pero lo tengo aún en mi ordenador portátil. Podemos ir después para que lo compruebes. – Expliqué a Judith mientras leía la carta.
“Muy bien. Ahora te voy a decir las reglas del juego. Si no consigues el dinero a tiempo, tendrás un serio problema. Porque si fracasas, Paula lo va a pagar con su vida. Pero espera, no es tan simple como estas pensando. No seré yo quien mate a Paula, ni una persona ajena contratada. Lo harás tú. Tú la matarás. Si lo haces, tu deuda estará saldada. No te agobies, te diré que Paula es muy sensible. Seguro que podrías inducirla al suicidio con un par de mensajes bastante comprometedores. Así la sangre no salpicará en tu conciencia. No trates de rastrearme o será peor para vosotros. Te quedan pocos días.”
- Hoy no podré. Tengo que entrar a trabajar en un par de horas. Me toca patrullar toda la noche. – Dijo Judith tras terminar de leer la carta.
- Vaya. – Lamenté.
- De todas formas, mañana por la mañana me pasaré por tu casa. Y me lo enseñas. Es posible que tengas que dejarme el portátil. Tengo un compañero informático en el cuerpo que es un especialista en esto. Tal vez pueda hacer algo por descubrir al responsable.
- Gracias Judith.
Por fin empezaba a ver un poco de luz. Pero tenía que llevar cuidado, pues desconocía del margen de tiempo que dispondría antes de que la policía sacara sus propias conclusiones. Y no eran precisamente en mi favor. Ya solo me quedaba confiar en la suerte, y que el destino fuese justo conmigo.
- Judith. La noche antes de que Paula muriera. Ella me dio un dinero que tenía de sus ahorros. Para que pudiese pagar por el chantaje. No quise aceptarlo porque me sentía culpable, pero se empeñó tanto que no me quedó más remedio que aceptarlo.
- Guárdalo por el momento. No se lo des a quien esté detrás de todo esto.
- ¿Y si me amenaza si no se lo doy? – Pregunté.
- Llámame antes de hacerlo. – Respondió Judith a la vez que me pasaba su número de teléfono móvil.
Media hora después, volvimos a casa. Judith me acompañó para ducharse antes de irse a trabajar. Ella me pidió que no le dijera a nadie que era policía, porque salvo Anastasio y yo, nadie más en todo el edificio lo sabía.
Estaba algo más tranquilo porque Judith me había dado confianza y había logrado arrojarme un poco de esperanza en todo esto. Pero mi estado seguía cabizbajo y sin expresión. Decidí también darme una ducha antes de cenar algo. Y después me pondría a redactar el siguiente artículo para el periódico que tenía que estar publicado para mañana. Pero lo haría en otro lugar. Estas paredes que me rodeaban me estaban empezando a quitar fuerzas para todo. Tenía ganas de salir de aquí para siempre. Para bien o para mal. Me daba igual donde iba a terminar. Pero necesitaba irme y desaparecer de este piso. Demasiadas cosas en tan poco tiempo.
Cuando terminé de ducharme y de cenar. Encendí el portátil para comprobar el correo. Me daba mucho miedo, pero tenía que hacerlo. Sabía que algún correo tendría que llegar. Y no me equivoqué. Pero me dio tanto pánico saber qué palabras me diría ahora, que preferí no leerlo. Así por lo menos lo tendría un poco con la intriga de si lo habría leído o no. Esa persona actuaba tras cada paso que daba. Ahora voy a estarme quieto. Mañana se lo diré a Judith. De momento, me iré a un sitio tranquilo a escribir para el periódico. Me llevaré papel suficiente y bolígrafo, no quiero llevarme el portátil para evitar leer ese correo. Además, que no veía prudente pasear por la noche con un portátil al hombro. Solo faltaba que me robasen, y se me fueran todas las pruebas a la mierda.

Estás tan ciego y hundido que ya no se ven ni el color de tus ojos