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06 Jan

DIARIO DE OTRA REALIDAD - El agua y la miel se confiesan - Parte 22

Publicado por Sergito  - Etiquetas:  #Historia: "Diario de otra realidad"

EL AGUA Y LA MIEL SE CONFIESAN

Parte 22

 

      Volví a casa en cuanto la policía terminó de someterme a toda la rueda de preguntas. Me hicieron sentirme culpable, o incluso parte de la muerte de Paula. Entiendo que su trabajo es sin favoritismos a nadie, no se puede fiar uno de nadie al principio. No se equivocaban, la verdad. Nada de esto habría pasado si no hubiera sucedido nada aquella noche entre Paula y yo. Me sentía fatal. Tenía ganas de quitarme la vida también, porque me estaba culpando demasiado a mí mismo por todo, y era una sensación que cada vez pesaba más sobre mi conciencia. Haciéndome concluir en que no merecía seguir respirando la vida.

      Me recosté en el sofá, la cabeza me daba vueltas de cúmulo de confusiones y de pensamientos que me acechaban. Una persona ha muerto, una persona que había cobrado un significado especial para mí. Seguro que si Sergito estuviese aquí, con su mirada clavaría sus ojos en los míos como si fuesen dos balas de cañón disparadas con violencia. Como castigo. Porque esto ya era un peso mayor que aguantar el tabaco. No tenía nada que ver. De repente un problema se había ante puesto a otro en solo dos días. Otra vez como siempre preocupándome de mí en último lugar. ¿Por qué no puedo centrarme nada más que en lo mío y dejar que siga la vida de cada uno como diga el destino?

      Encendí un cigarrillo.

      Mi único amigo, el cigarrillo. Tan solo me sentía que en ese momento no era capaz de recordar todas las estúpidas razones por las que fumamos, como solía hacer siempre. De todas formas, el cigarro no me iba a dar la solución de lo que debía de hacer. Lo tenía claro. Pero lo necesitaba, para refugiarme en algo. Es como refugiarse en casa tras una intensa lluvia, te refugias en casa porque crees estar a salvo, pero no te das cuenta que el suelo de la casa comienza a inundarse, y si no sales pronto, acabarás ahogándote en tu propio escondite.

      Tras pensar detenidamente, me di cuenta que ahora ya nada valía nada. Que mi vida ahora mismo estaba cubierta de agua hasta el cuello. Y que si me quedaba quieto esperando, acabaría ahogándome. No me quedaba más remedio que sumergirme bajo las aguas sucias de barro que inundaban la casa, y nadar para buscar a ciegas la puerta de salida. Que la encontrase o no, eso ya solo podía tenerlo escrito mi destino, yo solo podía intentarlo. Pero si me quedaba esperando, ya habría escrito el peor destino que me podía pasar. Tenía que nadar como fuese. Me iba a ahogar de todas formas.

      Necesito contárselo todo a alguien.

      Abrí el portón de casa, y al fondo, frente al ascensor, estaba Paulo esperando. Me dio miedo acercarme, pero se percató de mi presencia en cuanto abrí la puerta. Por lo que ya no podía salir. Avancé lentamente y me paré a su lado, saludándolo casi sin que se me notara. Paulo me miró pero no me devolvió el saludo. Traté de hablar para romper el silencio que sonaba como la muerte:

-          Siento mucho lo de Paula.

 

      Paulo no respondió. Se limitó a mirarme con una expresión llena de tristeza, pero a la vez plagada de odio. No sabría deducir cual pesaba más. Las puertas se abrieron, Paulo entró primero. Tras de mí las puertas se cerraron, dejándome entre rejas junto a la persona que seguramente menos me apetecía estar en esos momentos. El silencio era nuestro diálogo. Y su mirada la última palabra. Una mirada que transmitía rencor, y que yo acogía con miedo.

 

      Finalmente las puertas se abrieron en mi piso. Salí sin despedirme. Incapaz de hacerlo por la tensión. Pero Paulo me agarró con fuerza del cuello de la cazadora y me volvió bruscamente hacia él. Obligándome a mirarle.

 

-          ¡Por tu culpa Paula ha muerto! – Gritó.

               

      Justo en ese momento:

 

-          ¡Sergio! – Me llamó Judith.

-          ¿Qué?... Joder, se me ha ido la cabeza. – Me excusé.

-          No me estabas haciendo caso a lo que te estaba contando.

 

      El ruido de la gente que había a mí alrededor me hizo bajar rápidamente de mi mundo. Habíamos quedado en un tranquilo bar de copas. En esos instantes ya no recordaba cómo había ido a parar allí. Estábamos en una mesa de una esquina. Apartados del resto de la gente. Tenía en frente a Judith. A pesar de la tenue luz del local, su cara estaba resplandeciente por la luz de un farolillo que había anclado a la pared a poca altura de nuestra mesa. Ambos estábamos tomando unas copas. Judith era la persona con la que más tenía confianza en el edificio. A pesar de que no nos conocíamos de apenas tiempo, no me quedaba otra persona. Y sabiendo que ya todo estaba perdido, ya no me preocupaba de quien fiarme.

 

-          Judith, tengo que contarte algo sobre Paula.

-          Dime, ¿qué ocurre?

-          Necesito saber que me vas a creer, no es fácil lo que quiero decir, pero no tengo a nadie en quien confiar.

-          No te preocupes. Cuéntamelo.

 

      Judith notaba que tenía alguna clase de problema bastante importante. Ella no podía de momento más que hacerme sentir que había alguien que me escuchaba. Que después tuviese un concepto de mí diferente al que se imaginaba eso ya era otra cosa, pero tenía que arriesgar. El agua empezaba a cubrirme la boca:

 

-          Sé por qué ha muerto Paula. – Le dije a Judith.

-          ¿Qué estás diciendo? – Exclamó sin dejar de mirarme.

-          Todo… lo sé todo. Estoy fatal. Yo tengo la culpa de todo. – Mis lágrimas salieron sin esperar más tiempo.

-          Venga Sergio, tranquilo, cuéntamelo todo desde el principio, sin prisas. No te preocupes. Te voy a escuchar. – Me tranquilizó Judith.

 

      Empecé desde el principio. Cuando Paula entró a dialogar conmigo en aquel  restaurante donde coincidimos, con la excusa de que le dejase leer algunas de mis historias eróticas. Le conté que esa misma noche fuimos juntos a cenar, y que después de la cena, ocurrió lo que ocurrió.

      Judith se llevaba las manos a la cabeza expresándolo a través de sus ojos conforme me iba escuchando.

      Le hablé de todo lo que me había contado Paula sobre su vida y su relación con Paulo. Judith no me interrumpía para preguntar ni comentar nada en concreto. Tan solo me escuchaba. Después de contarle las otras citas que habíamos tenido, toqué por fin el tema del chantaje. Le dije que tanto Paula como yo, habíamos recibido un correo electrónico de alguien que había descubierto lo que había pasado entre nosotros. Y que se proponía chantajearnos. A mí me chantajeó con dinero, y a Paula la amenazó directamente con que se suicidara si no quería que Paulo se enterara y con ello pusiera además en peligro mi vida. Ya que Paulo era muy peligroso.

 

-          La policía tiene en su poder los correos de amenaza que se le enviaron a Paula. Están investigando para descubrir al responsable que escribió esos correos. – Dije.

-          ¿No estarás insinuándome que lo sabes? No me digas que… – Preguntó Judith esperándose la respuesta.

-          Si. Fui yo quien los escribió. – Respondí.

 

      En mi vida había visto unos ojos tan atónitos como los de Judith, y no era para menos, acababa de confesarle que fui yo el autor de los correos que impulsaron a Paula al suicidio.

 

-          Sergio, por el amor de Dios, dime que no es cierto… - Suplicó Judith.

-          No puedo, porque es la verdad. La persona que me chantajeó me dijo que si lograba hacer que Paula se suicidara, que conmigo no habría pasado nada. Y se olvidaría del dinero que me exigía. Si hubiese tenido el dinero, créeme que se lo habría dado. Pero preferí intentarlo por mi cuenta con tal de conseguir algo de tiempo. Pero el asunto se me fue de las manos y no pensé que Paula lo haría de verdad. Yo la animaba para que no lo hiciese. Pero no podía decirle la verdad, porque la destrozaría y jamás me lo iba a perdonar. Se me pasaron cuarenta mil cosas por la cabeza. Incluso llegué a pensar que era la misma Paula quien se escondía detrás de todo esto, y que era ella la que me estaba haciendo el chantaje. Estaba fatal en esos momentos, no sabía qué hacer.

-          Esto no tiene pies ni cabeza… - Sentenció Judith.

 

      No supe qué decir, ella se quedó callada, pensativa. Mientras que yo, por una parte estaba algo más tranquilo, pero por otro lado, algo me decía que esto no iba a acabar bien.

-          Sergio. – Retomó Judith. – Espero que haya alguien detrás de todo esto, porque si no, te acabas de meter en un lío bastante serio. Se lo has contado a la persona menos indicada.

-          Judith, no me digas eso por favor. – Sollocé.

-          Sergio… No debería de decírtelo, pero no me queda más remedio. Soy policía.


ojosverdes
Cuando se unen el agua y la miel, surge el verde esperanza


Comentar este post
E
<br /> Ains...<br /> <br /> <br />
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S
<br /> xD<br /> <br /> <br />
E
<br /> xDDDDD yo ya paso de este tema, me ha demostrado que tipo de persona es y la confianza que tenia en ella sin tener que tenerla la ha perdido del todo, pero como ya te dije, como la lie, yo la liare<br /> y el doble...asi que mas le vale que se este quietecita...<br /> <br /> <br />
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S
<br /> a mi ya me da igual, pero como entre y lea esto ke has puesto... xD se va a liar marimorena xDDDD e igual ya, ejemos el tema, ke este capitulo me encanta y no kiero ke se vaya a pike por mencionar<br /> a la elemento xD<br /> <br /> <br />
E
<br />  mi no, lo k me faltaba ya xD<br /> <br /> <br />
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S
<br /> Tu trankila, yo te cubro, yo no me ando con tonterías de que ahora sí somos amigos, ahora no lo somos, ¡ahora si!... ¡ahora no!... Yes now!... No now!... arriba!... abajo!... la cabra!...<br /> al monte!....  xD<br /> <br /> <br />
E
<br /> calla calla a ver si .lo va a leer xD<br /> <br /> <br />
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S
<br /> <br /> Me da igual jajaja<br /> <br /> <br /> <br />
E
<br /> Se lo has contado a la persona menos indicada.
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S
<br /> Es verdad, no había caido ahora que lo dices xDDDD ains los elementos....<br /> <br /> <br />

Acerca del blog

Entrar en mi Blog, es como encontrar cada noche y en el mismo rincón de un callejón sin salida, un baúl lleno de historias y pensamientos de un desconocido. Si lo abres con frecuencia, llegarás a conocerlo a través de sus palabras.