ENTRE EL ORO Y LA MUERTE - Escena 4
Después de que se pusiera orden en todo el revuelo que se había formado en el parlor house por el disparo, Sergio acompañó al sheriff a su oficina para cobrar la recompensa. Mientras el sheriff juntaba los mil dólares, Sergio paseó la vista por los artículos de prensa que habían fijados a la pared. Hasta que se topó con otro cartel de un delincuente que también estaba bajo orden de captura:
- …Y mil dólares. Aquí tiene la recompensa, amigo.
Sergio miraba con interés la imagen del tipo, haciendo caso omiso al dinero. El sheriff se dio cuenta, y le aportó lo que sabía acerca del forajido:
- Si, es “Gito”. Así es como le conocen todos. Un peligroso bandido. Sus compañeros lograron infiltrarse en la pequeña prisión de Oklahoma, para sacarlo antes de que fuese ahorcado por la multitud de delitos que había cometido. Después escaparon sin dejar un solo superviviente.
- “Gito”. Cuatro mil dólares…
- Más Pencho, Gonzalo, Juan y Ramírez. Todos de origen mexicano. Cada uno vale mil quinientos dólares. Juntos forman la banda.
- Seis mil y cuatro mil, suman diez mil dólares.
- Eso es. Diez mil dólares para el tarado mental que logre capturarlos vivos o muertos. – Afirmó el sheriff como si fuese una hazaña de chiflados.
- ¿Tiene carteles del resto de la banda? – Preguntó Sergio mientras se apoderaba del de “Gito”.
- ¿Eh? – Exclamó sorprendido el sheriff. - ¿Se ha vuelto loco? ¿No pretenderá buscarlos?
- Solo si me aburro mucho.
- ¡Ha! No juegue con esa clase de individuos. – Le advirtió el sheriff.
- ¿Y se sabe algo de dónde podrían estar? – Preguntó Sergio mientras recogía el fajo de billetes de la mesa.
- Mis colegas dicen que hay gente que les aseguran haberlos visto hace unos días por los alrededores de la ciudad de Deadwood.
Sergio salió fuera de la oficina, donde la esperaba Judith ya con su ropa habitual, cubierta por una capa negra y su sombrero blanco para resguardarse del frio que había dejado la lluvia. Se dirigieron al saloon. La gente estaba ahora tan concentrada hablando emocionadamente sobre lo ocurrido en el parlor house que no se percataron de su regreso.
- ¡Vaya! ¡Has vuelto vivo! – Se sorprendió el camarero al ver a Sergio.
- No iba a irme al mundo de los muertos sin pagarle la cuenta. – Bromeó Sergio.
- Claro… Pero, ¿no pensarás meter a una mujer en la habitación? – Miró a Judith con mala cara.
- Tengo mil dólares. Podría emplearlos en comprar suficiente dinamita para volarle el saloon. No sea desagradecido. Acabo de quitarle un peso de encima.
- ¡De acuerdo! ¡Tú ganas! Puede quedarse, pero que suba a la habitación cuando se vayan todos. No quiero que cojan la misma idea.
Media hora después, el camarero cerró el saloon y se fue a dormir a su habitación. Sergio y Judith se acabaron sus cervezas e hicieron lo mismo. La habitación era pequeña y tenía muebles viejos, pero estaba repleta de objetos y cuadros que la hacían acogedora. Había dos camas, una a cada lado de la pared. Se sentaron en el borde de cada una, Sergio sacó el fajo de billetes y empezó a repartir la mitad del dinero para cada uno.
- Y la próxima vez, evita meterme mano donde no debes. - Dijo tras terminar.
- ¿Qué tiene de malo? Solo trataba de hacer bien mi trabajo. Tú podrías haberte ahorrado la broma con el nombre de Thomas Parker.
- Solo quería reírme un rato. – Se excusó.
- ¿Y apuntarme con el arma cuando estábamos solos en la habitación? ¿También era para reírte un rato? Por un momento me acojonaste. – Atacó Judith.
- ¿Qué tiene de malo? Solo trataba de hacer bien mi trabajo.
- ¡Buf! – Exclamó Judith para rogar que se callara. – Voy a ponerme el camisón. Necesito dormir. Date la vuelta. – Le ordenó.
- ¿Después de cuatro ocasiones poniéndome las tetas a dos palmos de mi cara todavía tienes vergüenza? – Rechistó Sergio mientras se acostaba en la cama mirando a la pared.
- No trates de mezclar el trabajo con el terreno personal. Tú planeaste la idea de sorprender a los delincuentes en los burdeles y casas de citas. – Dijo mientras se desnudaba.
- Porque siempre van por esos sitios. Además, es el único lugar donde se les puede atrapar sin poner en peligro la vida de nadie. – Explicó Sergio.
- La próxima vez quiero más de la mitad. Ya que soy yo la que tiene que exponerse a las sucias manos de esos apestosos cabrones mal nacidos. Mientras que tú solo te limitas a esconderte en la habitación y esperar hasta cargártelos. - Protestó Judith.
- Si. Tienes toda la razón. – Respondió para que dejara de rechistar.
- Así me gusta, que nuestra sociedad se entienda. – Añadió satisfecha mientras se cubría con las mantas tras apagar la llama de la lámpara.
El alba de la luna se colaba por el ventanuco de la habitación, revelando pobremente las sombras de cada mueble. En la penumbra, se hizo un silencio por un tiempo, hasta que Sergio lo rompió:
- Pero…
- ¿Pero? – Esperó Judith.
- Si rebajas mi parte, puede que la próxima vez no me encuentres escondido en la habitación, y no te quedaría otra que satisfacer los deseos carnales de esos apestosos cabrones.
- ¡Espero que nunca se te ocurra hacerme eso! – Respondió alterada.
- Tranquila, somos una sociedad. Buenas noches.
