ENTRE EL ORO Y LA MUERTE - Prólogo
PROLOGO
Cuando Sergio anunció a Toro Sentado, que esa sería la última luna que pasaría en el campamento, éste no supo qué decir. No sabía cómo expresar su tristeza al escuchar la noticia. Pero como jefe de los Lakotas, tenía que dar ejemplo y no mostrar ninguna clase de debilidad emocional. Sergio se quedó en silencio, esperando alguna respuesta de Toro Sentado. El crujido de la madera del pequeño fuego que había encendido dentro de la tipi, parecía hablar en nombre del jefe indio. Pero las palabras de Toro Sentado se sobrepusieron a las del fuego:
- Hasta que llegaste a nosotros. Ningún hombre blanco había demostrado respeto a los Sioux como tú lo has hecho. Esta noche te despediremos como te mereces.
Los Lakotas acogieron a Sergio en su campamento durante dos meses, para protegerlo del grupo de forajidos que lo buscaban. Traicionó a sus socios al escapar con el botín del último banco que asaltaron en la ciudad de Brookings. Sergio no quería seguir viviendo en esas condiciones, no entendía por qué lo hacía, su único motivo era para seguir sobreviviendo. Pero él quería ganarse el pan de una manera más honrada. Y ante las continuas amenazas de muerte por parte del resto en caso de que desistiera, no le quedó otra alternativa que desaparecer. Abandonó la ciudad de madrugada mientras sus compañeros dormían. Montó en su caballo y en cuanto salió de Brookings, partió al galope en la primera dirección que le dijo su corazón. Atravesó las extensas llanuras con la intención de localizar cualquier otra ciudad en la que pudiera esconderse hasta ser olvidado. Pero en el camino, fue asaltado por un grupo de Sioux, alertados por su presencia al invadir sin conocimiento, tierras que pertenecían a los Lakotas. Sergio no opuso resistencia frente al grupo porque tenía todas las que perder, además, se encontraba débil de tantas horas de viaje bajo el sol.
Lo escoltaron hasta el campamento de los Lakotas para dar prueba a Toro Sentado de la intrusión de un hombre blanco en las tierras de los Lakotas. Toro Sentado escuchó sus palabras y las razones de por qué había pisado sin motivo las tierras que no pertenecían a los blancos. Percibió en sus ojos sinceridad cuando se explicó, y aunque sin terminar de confiar, acabó ofreciéndole la protección de su tribu, a cambio de contribuir en las tareas que correspondían a los indios Lakota. A Sergio no le importó, porque sabía que mientras tanto, estaría a salvo. Y hasta le fascinó la idea de convivir y conocer las costumbres de los Lakotas. En ese tiempo, aprendió a cazar bisontes, ayudó a defender la aldea de los ataques de otras tribus enemigas como los Crow, acompañaba a las mujeres y niñas al rio para recoger agua, aprendió la lengua de los Lakotas, entre otras muchas cosas que los Lakotas y el jefe Toro Sentado le enseñaban. Se ganó la confianza de todos los Lakotas, y no tardó en que lo consideraran un miembro más gracias a su esfuerzo por atenerse a la forma de vida de los Sioux en lugar de estar allí como un mero invitado.
Aquella noche, la tribu festejó con cantos y música la última luna de Sergio con los Lakotas. Melodías compaginadas al son del fuego y con las voces de todos los que lo rodeaban. Toro Sentado presidía el enorme círculo de Lakotas. Sergio estaba a su lado, haciendo reír a Aiyana, en su intento de sacar sonido a la flauta hecha de huesos de águila que ella le había prestado. Toro Sentado los miró de reojo seriamente y tosió para llamarles la atención. Sergio le devolvió el instrumento y se ubicó de nuevo fingiendo mostrar concentración por la música que estaban tocando.
- “Flor eterna”, compórtate. – Dijo a Aiyana sin dejar de mirar al frente.
Aiyana era una niña Lakota que tenía catorce primaveras, había cogido afecto a Sergio y lo apreciaba como si fuese un hermano mayor. Tenía una bonita mirada que prometía de ella una hermosa mujer cuando creciese.
Aiyana agachó la cabeza apretando los labios para contenerse la risa mientras miraba de reojo a Sergio. Al rato, Toro Sentado alzó la mano, en señal de silencio por parte de toda la tribu. Se puso de pié y habló pausadamente:
- Hoy, es la última luna que Sergio pase entre nosotros. Esta noche, celebramos su despedida, en afecto por todos los días y noches que ha pasado con los Lakotas. Mostrando su respeto e interés por nuestras costumbres como hombre blanco. Yo, Tatanka Yotanka, quiero dedicarle unas palabras, que nacieron de los labios del jefe Nube Blanca, para que las lleve dentro de su corazón. Pues siguiendo nuestros mandamientos, aunque no continúe entre nosotros, conservará su espíritu, que ahora pertenece al de un Lakota.
Toro Sentado hizo una larga pausa. Y continuó hablando pero en el lenguaje de los Lakotas:
- “Trata la tierra, y todo lo que hay en ella, con respeto. Muestra gran respeto por tu semejante. Trabaja junto para el beneficio de toda la humanidad. Da asistencia y cariño donde se necesite. Haz lo que creas que está bien. Mira después, el bienestar del cuerpo y la mente. Dedica una parte de tus esfuerzos al bien común. Sé sincero y honesto siempre. Hazte responsable de tus actos.”
En cuanto terminó, toda la tribu alzó en gritos y aullidos demostrando el gran peso de las palabras que había recitado Toro Sentado. Sergio se incorporó también. Y en cuanto la tribu quedó en silencio. Habló también en lengua Lakota:
- “¡Oh gran espíritu!, cuya voz oigo en el viento, y cuyo respiro da vida a todo el universo. ¡Óyeme! Soy pequeño y débil, uno de tus muchos hijos. Déjame pasear en la belleza y permíteme que mis ojos siempre puedan contemplar el rojo y el púrpura de la puesta del sol. Haz que mis manos respeten las muchas cosas que tú has creado y agudiza mis oídos para oír tu voz. Hazme sabio para comprender todas las lecciones que tú has escondido detrás de cada hoja y de cada roca. Dame fuerza, no para ser más fuerte que mi hermano, sino para luchar contra mi peor enemigo, yo mismo. Y hazme siempre listo para ir ante ti con las manos limpias y la mirada recta, para que cuando la luz se desvanezca, como se desvanece la puesta de sol, mi espíritu pueda llegar ante ti sin ninguna vergüenza…” – Sergio se quedó callado ante la silenciosa espera final de toda la tribu. – “¡¡Ajo Metakuyasein!!” – Finalizó.
Todos volvieron a alzarse de nuevo con gritos más emotivos y fuertes que antes.