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03 Feb

ENTRE EL ORO Y LA MUERTE - Escena 1

Publicado por Sergito  - Etiquetas:  #Historia: "Entre el oro y la muerte"


Diciembre, 1880

 

-    ¡Aquí no pueden entrar mujeres! ¡Y menos con pollos! Esto no es un corral. – Gritó el dueño del saloon.

      Todos los presentes rieron a carcajadas. Paula los ignoró para no caer en la impotencia que producían aquellas risas llenas de burla, y respondió al camarero:

-    Cantinero, Juárez es mi cuate. Estamos agotados de nuestro largo viaje. Tenga la bondad de comprendernos. Solo queremos inflar un poco, y ahorita nos iremos. – Suplicó la mexicana.

-    ¡Y encima se llama Juárez! – Dijo uno de los vaqueros que habían en una de las mesas jugando al póker.

      De nuevo volvieron a escucharse estrepitosas risas fundidas con los comentarios que no se dejaban entender lo que decían. El camarero trató de conservar la seriedad para mostrar su autoridad como dueño del bar. Aunque por dentro también se estaba riendo. Juárez permanecía inmóvil. Pero el escándalo de aquellos hombres le estaba asustando y buscó protección entre los pies de Paula. Ella lo miró apenada y le lanzó un suave siseo de tranquilidad.

-    ¿Tienes algún cuete con Juárez? – Preguntó Paula al vaquero.

-    ¡Es el nombre más estúpido que he oído en toda mi vida! – Respondió el vaquero tras una carcajada. Los demás de la mesa le acompañaron en las risas, y poco a poco todo el saloon se convirtió en un inaguantable escándalo de carcajadas entre lágrimas. Paula, estaba perdiendo la compostura, sus manos empezaron a temblar de rabia y su morro se había quedado tieso. Las burlas no se detenían. De pronto, asestó un fuerte puñetazo sobre la barra de caoba, y estalló de rabia:

 

-    ¡Chale! ¡Me caga que no sepan quien fue Benito Juárez! ¡En paz descanse su nombre!

      Todo el saloon quedó en silencio.

-    Y como no te largues de aquí, tú y tu ridículo pollo os reuniréis con él. – Respondió otro vaquero que se levantó de la mesa, haciéndole cara a Paula.

      Nadie dijo nada, ni siquiera Paula. Se limitó a mirarle fíjamente a los ojos sin alterar un ápice su expresión. El vaquero vestía a conjuntado con ropa oscura, su barba dejada de una semana y sus ojos claros que contrastaban con el tono moreno de su piel por el sol, le daban un figura intimidatoria. Pero Paula no se dejó llevar por su aspecto y su amenaza. El dueño del saloon rompió el silencio para poner tranquilidad:

-    Andy, has bebido mucho, ¡no la líes por el amor de Dios! – Suplicó el camarero. - ¡Toma una botella de whisky y lárgate antes de que lo empeores! – Dirigiéndose a Paula.

 

      Pero ella no le escuchó, ni si quiera se volvió para mirar la botella de whisky barato que el dueño le había dejado encima de la barra:

 

-    Retira lo que has dicho y ofrece tus respetos a Benito Juárez.

-    Andy, ¡joder! ¡Que es una mujer! No sabe lo que hace. – Saltó uno de los compañeros de la mesa para calmar a Andy.

-    ¡Me da igual, Mathew! Las mujeres solo sirven para divertirse, son unas inútiles que no valen para otra cosa.

-    ¡Hijo de la chingada! - Maldijo Paula entre dientes.

      Andy lo escuchó, y sin dejar pasar ni un segundo, desenfundó su revólver para disparar a Paula. Pero ella estaba preparada, y su movimiento fue tan rápido, que lo único que se vio, fue su brazo completamente estirado señalando a Andy. Tras un  crujido, que produjo tiricia en más de uno. El machete que se había quedado incrustado en la frente de Andy, lo hizo caer sobre la mesa derramando un hilo de sangre. Los que estaban a su alrededor, se apresuraron en comprobar su estado para intentar reanimarle, pero ya estaba muerto.

-    Lo has matado... – Manifestó Mathew congojado.

-    Es lo que hay. – Sentenció Paula.

-    Estaba borracho, pero no era mala persona como para matarlo. – Añadió otro vaquero de la mesa.

-    ¡Me vale madre! – Exclamó Paula. – Iba a dispararme.

-    ¡Mathew! Por la reputación de mi saloon, no quiero que el cuerpo pase ahí más tiempo. Que uno de vosotros avise al sepulturero. Se alegrará después de tantos meses sin trabajo. - Dijo el camarero.

-    ¡Primero voy a ajustarle las cuentas a ésta puta mexicana! – Declaró Mathew antes de encararse hacia Paula con su revólver. Varios tipos también se prepararon para desenfundar.

      En cuanto Paula avisó el panorama, reaccionó rápidamente. Volvió violentamente su poncho de vivos colores, descubriendo su rifle Winchester de 1866 que se ocultaba bajo el manto. Apuntando y listo para disparar a Mathew, todos se detuvieron en seco:

-    ¡Qué poca madre! Nos quitasteis la mitad de México, y aún así no sois capaces ni de tener un poco de cortesía por las mujeres.

-    ¡Y hubiese sido peor si no os hubiésemos ayudado contra los franceses! – Saltó otro individuo.

-    Zacatito verde lleno de rocío, o tú serás el siguiente. – Le advirtió Paula sin dejar de apuntar a Mathew.

-    ¡Ya basta por favor! ¡No quiero más problemas en mi saloon! ¡Lo que tengáis que zanjar lo hacéis en la calle!

      La cara de rabia en Mathew se contuvo por unos momentos. Pero finalmente apartó la mano de su revólver. Siguió Paula quien bajara el cañón de su rifle. El resto hicieron lo mismo, y se pusieron en manos del cadáver para dejárselo a cargo del sepulturero al que ya habían ido a avisar.

-    Llévate esta botella de whisky y no vuelvas más por aquí. – Le rogó el camarero a Paula.

-    ¡Guácala! ¿No tienes tequila?

-    No seas encima exigente. – Le respondió echándole una mirada  desorbitante.

      Paula aceptó la botella, le dio un trago rápido y mostró una cara de asco. Pero le apaciguó parte de su sed. Se guardó la botella en una bolsa de algodón que llevaba colgada bajo el poncho, y le dio unos pesos por la botella. Antes de salir por la puerta, se giró de nuevo hacia el camarero y le preguntó:

-    ¿Tendría la bondad de decirme qué distancia hay hasta Deadwood?

-    Unas veinte millas. ¡Lárguese! - Respondió.

-    ¡Sopas! Tengo que apresurarme. Gracias, eres buena leña, y lamento mucho lo ocurrido.

      Paula salió fuera y se dirigió al abrevadero donde estaba su caballo blanco bebiendo agua. Metió a Juárez dentro de una bolsa que tenía enganchada a la montura. Se quitó su enorme sombrero de charro para limpiarse el sudor de la frente que le había producido la tensión dentro del saloon. Tras repeinarse un poco el cabello rubio, se ajustó de nuevo el sombrero, y partió al galope hacia Deadwood.



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Acerca del blog

Entrar en mi Blog, es como encontrar cada noche y en el mismo rincón de un callejón sin salida, un baúl lleno de historias y pensamientos de un desconocido. Si lo abres con frecuencia, llegarás a conocerlo a través de sus palabras.