ENTRE EL ORO Y LA MUERTE - Escena 2
La intensa lluvia y los poderosos relámpagos, le obligaron a detener su viaje y buscar refugio para pasar la noche en el pequeño pueblo que encontró en su camino. La calle principal estaba desértica por el mal tiempo. Guió a pié su caballo hasta la cuadra cubierta que había al lado del saloon para que el animal estuviera resguardado de la lluvia y del frío. Después caminó hasta la entrada acompañado de una alegre melodía de piano que aumentaba su volumen conforme se aproximaba al bar. Antes de pasar al interior, se fijó en un cartel de la pared donde se ofrecía una recompensa por la captura de un individuo, vivo o muerto:
- Mil dólares… - Pronunció mientras miraba detenidamente la cara del personaje de la imagen impresa del cartel.
Despegó el papel envejecido de la pared, y tras enrollarlo, lo protegió debajo de su empapado poncho oscuro. Abrió de par en par las puertas del saloon, y lo recibieron decenas de miradas de vaqueros, exploradores y mineros que llamaron su atención. Un tipo mayor con espeso mostacho, vestido elegantemente con camisa blanca, chaleco y sombrero hongo negro, tocaba el piano de pared que se escuchaba desde la calle. Tras echarle un pequeño vistazo, volvió la mirada ceñida al resto del saloon para observar detenidamente el panorama. Habían varios hombres de espaldas apoyados en la barra mientras bebían cervezas, otros estaban sentados en las mesas, hablando, jugando a las cartas ó riéndose de la borrachera que llevaban, algunos iban de un lado para otro del saloon, cruzándosele por delante mientras le lanzaban descaradamente miradas extrañadas como desconocido en el pueblo.
Se aproximó a la barra lentamente, dejando un rastro de gotas de agua del poncho calado. El camarero se le dirigió para atenderlo:
- Buenas noches, ¿qué se le ofrece?
Sergio no respondió. Sacó tranquilamente de uno de sus bolsillos de la camisa una caja de cerillas y un cigarrillo en papel de liar, y se lo encendió:
- Whisky. Y una habitación para pasar la noche. – Respondió con el cigarrillo en la boca.
- Lo siento, señor. La que tengo está ya ocupada. – Excusó el camarero mientras le servía el whisky.
- ¿Por quién?
- Eso no es asunto suyo, amigo.
Decepcionado, Sergio se bebió de un trago el pequeño vaso de whisky, y tras sentir el calor reconfortante del alcohol en su estómago. Se dirigió al camarero que estaba de espaldas recolocando las botellas del inmenso mueble de pared:
- Busco a Thomas Parker.
- No le conozco. – Respondió tajante.
- ¿Está seguro que no conoce al individuo que hay en la puerta? – Insistió Sergio.
- ¿Qué individuo? – Preguntó confuso el camarero.
Sergio le miró con seriedad. Sacó del poncho el papel enrollado, y lo extendió lentamente sobre la barra. El camarero se había delatado a sí mismo, pero fingió sentirse perplejo:
- ¡No puede ser! – Exclamó.
- ¿Tiene a un delincuente durmiendo en la habitación de huéspedes y no lo sabía?
- Se… se registró con otro nombre. – Balbuceó el camarero.
- ¿El cartel se pegó solo en la puerta o es usted ciego? – Vaciló Sergio perdiendo a la vez la paciencia.
- ¡Está bien! ¡Está bien! – Se rindió el camarero. – Me amenazó con matarme si no le prestaba la habitación para esconderse unos días.
- ¿Dónde está ahora?
- No lo sé, se lo juro. Salió de aquí hace un rato.
- ¿Y nadie hace nada? – Preguntó Sergio.
- Este es un pueblo pacífico, lleno de humildes trabajadores sin coraje. Ninguno se atrevería a enfrentarse con Thomas.
Sergio se creyó lo que dijo, pero eso no hizo que su mirada inquisidora desapareciera de su rostro. Tenía que dar caza como fuese a Thomas. Apenas le quedaban unos míseros dólares y ésta era una buena oportunidad de ganar algo de dinero para mantenerse durante unos días. Hasta que encontrara un oficio en la ciudad.
- ¡Eh amigo! – Saltó una voz a su lado. Sergio se giró al percibir que se referían a él. Un anciano, que aún portaba revólver a pesar de no tener pinta ya para estar en condiciones de emplearlo con soltura, le había llamado. – Yo sé dónde puedes encontrar a Thomas Parker. – Continuó.
- Dime anciano, ¿dónde está?
- Vaya… lo tenía en la punta de la lengua. ¡Qué rabia que me pasen estas cosas!
Sergio sacó otro cigarrillo de sus bolsillos, y se lo pasó al viejo. Éste tosió, esperando algo más a cambio. Volvió a buscar y encontró entre sus bolsillos unas monedas, y le lanzó una al viejo con mala gana. El viejo barbudo tal vez no estaba ya para disparar, pero tenía aún futuro como chivato del pueblo:
- Está en el parlor house que hay al final del pueblo. – Respondió con gusto el viejo.
Sergio le dio las gracias. Pidió otro vaso de whisky, y tras bebérselo de un solo trago. Se volvió de nuevo al camarero:
- Ahora ya es mía la habitación. He dejado mi caballo en la cuadra, añada eso y los chupitos a la cuenta. En cuanto cobre la recompensa, le pagaré.
- Si no se lo llevan antes al cementerio. – Respondió el camarero.
Sergio sonrió, y tomó el comentario como una broma. Recogió el papel y apagó el cigarrillo antes de salir del saloon para buscar a Thomas.
