LITUANIA (Parte III) Final
Salimos temprano por la mañana en dirección a Letonia, mi siguiente destino. Preocupado voy, Lituania me ha dejado una impresión tan positiva, que prefiero no emplear ningún calificativo porque se quedaría pequeño. Y tengo miedo de que Letonia difiera mucho en imagen y semejanza. Serán varias horas de trayecto en autobús. En el camino haremos un par de paradas para ver algunos lugares destacados antes de cruzar la frontera. Como La Colina de las mil cruces o el Palacio de Rundale.
El camino se hace largo, conforme vamos avanzando, la verde vegetación y las modestas casas de madera de los agricultores con sus vacas pastando, van cobrando mayor presencia. No hay montañas, es curioso. El cielo se transforma en un color grisáceo que transmite tranquilidad más que un aviso de posibles lluvias. No sé por qué razón todo el conjunto del paisaje y de los colores me transmitían sensaciones épicas como si se estuviese dentro de una película al estilo de Braveheart.
Al sentir que el autobús se ha detenido. Abro los ojos tras una larga cabezada. Miro por la ventana, aún con sueño a rastras, para saber dónde estamos, pero me encuentro con otro autobús parado al lado del nuestro, en el que encuentro por sorpresa a cinco chicas rubias de ojos azules con caritas de porcelana saludándome. “¿Pero qué…?” Me froto los ojos para quitarme la cara de buenos días, y les devuelvo el saludo. Algunas de ellas se quedan mirándome, sin saber qué hacer mientras yo me muero de la vergüenza. Les lanzo un besito con la mano, y ellas me lo devuelven. “A ver si hay suerte y nos bajamos aquí”, pensé. Pero desgraciadamente no fue así, nuestro autobús reanudó la marcha, les volví a lanzar un besito con la mano y ellas volvieron a lanzarme otro antes de que el campo de visión las dejase atrás para siempre, mientras maldecía de por qué no se me había ocurrido sacar la cámara de fotos en ese momento.
Volvemos a parar, y esta vez sí que nos bajamos del autobús, hemos llegado a la Colina de las mil cruces. Una ladera cubierta por un ejército de cruces. El terreno llano que a la distancia va cobrando mayor altura y desde su nacimiento hasta la parte más alta está plagada de una infinidad de cruces. Hay unos puestos de suvenires antes de adentrarse en ese escenario sumamente extraño. Mil cruces no, mínimo un millón de cruces, de todos los tamaños y diseños. Es impresionante el escenario.
Al descender por el otro lado de la colina. Divisamos un monasterio, en el bordillo de la fachada hay un fraile sentado, con el mismo estereotipo como si lo hubiesen sacado de la película de El Nombre de la Rosa. Joven, con sobrepeso, cara regordeta con gafas y su tan peculiar corte de pelo de cazo con su corona afeitada en la parte parietal. Le hice una foto de lejos.
Seguimos nuestro trayecto en el autobús, y a las dos del mediodía llegamos al Palacio de Rundale, un palacio rodeado de hermosos jardines, con sus riachuelos y puentes de madera. En el camino hay adolescentes que venden, a los turistas que se dirigen hacia el palacio, fresas y moras.
Al llegar al palacio, lo primero que hacen es acomodarnos para comer dentro del palacio en un rústico restaurante con varias chimeneas que conservan el olor de las cenizas que horas antes estaban encendidas para caldear la habitación. Tras la comida, nos presentan a nuestro guía que nos mostrará todo el palacio y nos hablará de los grandes personajes importantes de Lituania que habitaron en él. También nos acompañará como guía en Letonia.
El palacio por dentro se encuentra en fase de reconstrucción, está ya muy avanzado y se puede ver casi en su totalidad como fue en tiempos pasados, pero al ser todo reconstrucción pierde mucho el interés. Además que la vida de los personajes era un auténtico culebrón de novela pero a lo bestia, en el sentido obsceno de la palabra. Más que triángulos amorosos, eran octógonos, vamos, que al final acabé echando humo porque ya me quedó la duda de si hasta el perro había mantenido alguna clase de relación con la Duquesa. Lo mejor sin duda fueron las bodegas del palacio, donde tenían expuestos en vitrinas todo tipo de objetos auténticos. Desde los vestidos originales, hasta los lápices de colores que tenían los hijos de los dueños del palacio, monedas, piedras originales de las paredes, herramientas de trabajo, juegos como barajas de cartas o dados, y un sinfín de cosas más. Eso me resultó más interesante que la hora entera viendo cada habitación del palacio y el cotilleo que hubo entre sus paredes.
Tras salir, el sol vuelve a brillar en el cielo azul completamente despejado, hace mucho calor, nos volvemos hacia el autobús para continuar nuestra marcha hasta llegar a Letonia.