EL PLACER DE LO OPUESTO
El domingo voy a tocar en una Jam en mi bar favorito, será la segunda vez. Voy a volver a posarme sobre esa nube de madera, rodeado de un amigo, músicos e instrumentos. Me cegaré los ojos y no podré ver claramente cómo estarán saliendo las canciones que toquemos. No importa, después de la primera vez que lo hicimos, donde salimos con una sensación angustiosamente fracasada, tenemos ganas de volver a sentirlo. Es como una excitante droga alucinógena. Hay un mundo arriba, pero cuando bajas, existe otro diferente. Cuando estuvimos arriba, vimos el miedo, la tortura, la presión, ¿y por qué no decirlo? Vimos el infierno.
Cuando bajamos de aquella nube, había otra realidad, convencidos de que todo había salido mal: nos aplaudieron, nos arroparon, nos dijeron que habíamos tocado bien, e incluso nos propusieron que para la siguiente vez volviésemos a participar. Sigo sin creérmelo a estas alturas. O soy demasiado perfeccionista conmigo mismo o aún me dura la sensación de esa droga alucinógena. Yo lo vi todo tan oscuro, ¿cómo de repente se hace la luz?
Es como viajar por el espacio, no sientes nada, solo te dejas llevar, todo lo único que tienes que hacer es tocar y cantar, mi vida en dos mitades.
Ahora voy a volver a probar esa droga alucinógena, pero esta vez con un mayor efecto. Pues voy a llevar conmigo al niño del violín, (ver artículo “El niño del violín”), mi instrumento, mi sentimiento, toda mi infancia está en ese violín. Hay quien me reprocha no dejárselo a nadie que no sepa tocar un violín. Pero es como arrebatarme mi intimidad cada vez que lo presto, me pone nervioso, porque sufro de verlo cuando no está entre el calor de mis manos.
Perdóname por haberte dejado de lado tantos años, ya tengo mi castigo, y es que ahora tengo que aprender de nuevo a entenderte, para poder expresar a través de tu cuerpo y de tus sonidos todo aquello que sale de mi corazón. Perdón, quise decir de mi mente, el corazón lo perdí hace tiempo. Por eso, vamos a conocernos de nuevo, pero a lo grande, en un concierto. Tal vez no podamos entendernos más allá de una cuarta parte de lo que nos entendíamos al final de la relación. Pero necesito hacerte un homenaje, como perdón y como la vuelta a casa de brazos de este violinista. Que le encantaba y le sigue encantando coquetear con su violín, seducirse a sí mismo mientras toca, sentir como la fuerza de sus brazos desgarran melodías intensas y profundas, provocándole hasta orgasmos espirituales en el momento de ejecutar un armónico.
La sensación del miedo se ha convertido en placentera, es tan terriblemente desafiante que da hasta morbo. Por eso merece la pena subirse a tocar, por hacerle frente al miedo y experimentarlo. Me dará igual quien haya. La imagen ya no importa, aquí solo importan los sonidos. Y si todo sale mal, tendré otra anécdota más que contar, tras unas risas.
Así que nos vemos este domingo en el bar. El bar que como yo lo llamo personalmente, es el bar del gremio de los músicos. Casi todos los clientes habituales somos músicos. Es un bar ideal para músicos de verdad. Es hermoso que todos nos identifiquemos por algo que nos gusta, como es vivir la música.