UNA TARDE EN EL CENTRO PSIQUIÁTRICO
UNA TARDE EN EL CENTRO PSIQUIÁTRICO
Primera entrada del año, y qué mejor que hablar de Nochevieja. Pero los tiros no van por lo que cualquiera se piensa. No de la tradición, ni de la noche de fiesta donde todo el mundo cuelga sus fotos en sus Facebooks o Tuenti en plan: “Mira que juergas me monto con mi amigos”. Que por cierto estuvo muy bien, pero no es el caso.
Yo la misma tarde de Nochevieja la pasé en el hospital psiquiátrico. Si, visitando a mi abuela que está en observación. Era la primera vez que iba. Y es difícil que no te llame la atención el ambiente que ves por esos tristes pasillos. No es miedo la palabra, sino más bien desafío. Pues nada más entrar eres objeto de las miradas de aquellos enfermos/as merodeando lentamente por los pasillos. Cada cual con su delirio. Hay que vivirlo, la verdad es que al principio no resulta muy cómodo pasar por al lado de un enfermo mental que te echa unos ojos inquisidores. Se supone que si están paseando libremente por los pasillos es que no son peligrosos, pero la cabeza es un universo tan complejo que yo no pondría la mano en el fuego. El caso es que hay que evitar a toda costa sentirse intimidado. Y el respeto hacia el miedo desaparece. Me dio mucha pena, me imaginaba que me encontraría gente mayor, “viejos y viejas” con la cabeza trastocada. Pero no, había hasta personas que no me superaban en edad. Me sorprendió ver cómo era posible que en ese centro psiquiátrico abundara más la gente joven. Con o sin razón me sentí acogido, muchos me dicen que no estoy bien de la cabeza. No pasa nada, sigo siendo yo mismo, el problema es si es bueno seguirse a uno mismo o no.
Recuerdo que mientras paseaba a mi abuela en su silla de ruedas por el ancho pasillo en forma de “L”, lleno de puertas con habitaciones. Un chico mi edad, entabló conversación conmigo. Y pude notar la tristeza que había detrás de sus gafas. Deseando salir de allí con la excusa de que él se encontraba bien y que solo estaba allí porque era lo que quería. Me decía que su familia, en las fiestas de Navidad, bebían mucho alcohol, y que a él no le gustaba eso, porque él no bebía, no era capaz de pasarlo bien con su familia cuando llevan varias copas de más, y por eso pidió que lo ingresaran, para no tener que estar en casa con ellos. No me lo creí, desde luego, pero al chico se le veía bastante cuerdo en cuanto a comportamiento, algo lento para responder pero cuerdo. Sabía de lo que hablaba, lo noté. Además de eso, resulta que reside en el mismo barrio que yo, al principio me parecía que era por estar como estaba cuando me dijo: “yo también”, pero tras describirme la zona y las casas, me lo creí.
Otro chico, de apenas 17 años, me retó a una pelea, pegando gritos desde el fondo del pasillo, yo fingí no escucharle. Tenía carácter, como los críos de hoy en día que se creen que soltando cuatro idioteces ya se piensan que intimidan. Estaba aburrido de estar allí encerrado, se quería escapar. Gracias a uno del personal, lograron calmarlo. Yo ya me veía sacando los puños de los bolsillos de mi abrigo. Le dijo al médico que él no tenía por qué estar allí. El médico le pidió dos razones por las que quería irse. La primera para poder trabajar e ir al gimnasio. Muy bien, es una razón aceptable. Y la segunda para irse a fumar porros con los colegas. El médico le dijo que eso no le valía, que cuando tuviera otro motivo mejor, que se lo dijera. Si no se le ocurre otra excusa mejor que la de los porros, está claro que tardará mucho tiempo en salir. Pero no es capaz ni de pensar otra cosa. Es como tener varias llaves, y siempre estar intentando meter la que no es para abrir la puerta, con lo fácil que sería probar otra llave.
La verdad es que, ya sin seguir poniendo más casos, da mucha pena, están allí aburridos, sin apenas tener espacio suficiente para pasear, no me extraña que estén a cada rato pidiendo cigarros para distraerse, porque esa es otra, todos fuman, y se supone que está prohibido fumar en un hospital, pero mejor darles ese capricho no sea que se les vaya más la cabeza y hagan algún disparate. Están en su mundo, pero deseando hablar con quien sea, mientras no los llaman por teléfono o los visitan. A mí me dieron ganas de volver, y seguramente lo haga cuando nos toque de nuevo visitar a mi abuela. No lo entiendo como algo así me puede causar como una especie de atracción por llamarlo de alguna manera. Espero que no sea peligroso…